lunes, 4 de octubre de 2010

CARPE DIEM 7

Capítulo 30

En la familia de Fernandina, son de llanto y risa fácil.
Los zapatos se llenaban de polvo y silencios.
Bajo la cama guardaba los secretos, los besos, los versos, los libros prohibidos.
Esos de Unamuno, que le llenaron la cabeza de pájaros, a los dieciséis años; le abrieron la mente. Comprendió la mentira en la que vivía, decidió cortar por lo sano.
Gotas y gotas de humor ácido, salían de su pluma, con desparpajo y sinvergüenza, escandalizando a niños y grandes. Le importaba un bledo lo que pensaran los demás. Hacía siglos que soportaba las críticas, las miradas del vecindario, por cierto fulgurantes…
Estaba harta; hasta los mismísimos ovarios.


Capítulo 31

De vez en cuando, se ponía sus mejores galas, una blusa escotada…toda de negro , y salía a comerse el mundo. Algunas veces no se comía nada, pero la intención era buena.
Saboreando helados de fresa, sus preferidos, se rendía ante los labios que le contaban cuentos. Nada mejor que hacer; alegrarse los oídos, con historias de mentira.se dejaba engañar a sabiendas…¡se lo creía todo, o casi.¡¡
Llenaba las copas de whisky o tequila, miraba de soslayo a los hombres del pub, repasándolos de arriba abajo; decidía con cuál de ellos se quedaba. Sin más, se los llevaba a la cama, se los comía literalmente.
Luego los dejaba tirados y satisfechos. Fernandina se llevaba la mejor parte…o eso creía ella.
Era la venganza de la mujer araña, abatida, pero no vencida.






Capitulo 32
Así escribía ella:
Recuerdas mi nombre por el sabor de los besos, y las letras, que se pegaban en el cuerpo...lleno el deseo con el hambre de las 3 de la mañana, subo las paredes de mis sueños, para golpearme con el cristal de tu ventana. Escupiendo sinsabores y billetes de un tranvía oscuro, que no llevaba a ninguna parte, sí...quizás a tus olvidos, a tus huecos...vació, vacío, vacío...
Dante, bajó a los infiernos, Fernandina se quedó en el séptimo, Caronte, la llevó a la laguna Estigia…ella tenía sus miedos y sus contradicciones, como todo bicho humano.
Pertenecía al grupo de los marginales, no le dolían prendas, decirlo a los cuatro vientos.
La poesía, era su válvula, su droga, la perdición…¡
La concupiscencia, desbordaba como un río en muchos de sus escritos, y porque no, la rabia. Alegres otras veces, y muchas ironías que escapaban de su cerebro.

Capítulo 33

La luna era su musa, el refugio. A ella iban sus amores, sus poemas, alegrías o tristezas.
Con su pálida luz redonda, inspiraba todas las palabras, que rodaban por su cerebro, y salían raudas hacia el papel.
A veces, no dormía, se levantaba a cualquier hora, llena de inquietud, agarraba un lápiz o el boli, que tenía a mano en la mesita de noche, abría el cuaderno, y escupía, rimas, infortunios, pesadillas, demonios, aciertos ,equívocos.
Era un resorte mágico, acudía a ella y la tomaba, la poseía, sin que pudiera, ni quisiera hacer nada para escapar. –Solo los poetas saben de qué hablo- decía.
Negros nubarrones se acercaban por el oeste, siempre que asomaban por ahí, eran presagio de una buena tormenta.
Así fue, un enorme aguacero, cayó en su casa; el agua entraba por las ventanas…, no cerraban bien, así que se mojó lo que tenía en la mesa del escritorio. Todos sus manuscritos, quedaron presos del agua¡¡ Muchos de ellos se borraron. Los versos pasaron a mejor vida. Solo quedaron manchas de tinta sobre el papel.

Capítulo 34

El otoño se ponía en el color de cada nube.
Sus pensamientos, lejos de entristecerse, tomaban brío, eran cada vez más claros y diáfanos.
Siguió escribiendo. Cambió la mesa de sitio, fuera de las fauces del agua.
En un nuevo cuaderno, recogió y recopiló, recompuso los versos, creando de nuevo…
Los poemas perdidos, ya eran otros.
Esta vez, mucho mejores.
Sus amantes varones, la enseñaron a cocinar. La verdad es que no tenía muchas artes, para esos menesteres.
Se lo montaba mejor en la cama, o con la literatura.
Nadie es perfécto , ya se sabe. Todo no se puede tener en esta puta vida.

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